miércoles, 2 de septiembre de 2009

Espejos

En los tiempos remotos se utilizaban superficies metálicas pulidas o el reflejo del agua en fuentes para poder verse uno/a a sí mismo/a. Después vino el espejo y todo el mundo tuvo uno, luego dos, hasta acabar siendo como hoy, un detalle en prácticamente cada habitación de la morada.



Nos vemos reflejados cada día en el baño, al ponernos la ropa, al coger las llaves, al bajar en el ascensor, en el coche, en el trabajo, por la mañana temprano y hasta para cepillarnos los dientes antes de irnos a la cama.



Conocemos nuestra imagen personal al dedillo y pese a ello nos montamos una especie de máscara mental que idealiza este fiel reflejo resaltando los aspectos que más nos gustan de nosotros mismos (la sonrisa, la mirada) y denostando siempre otros por mucho que nos afanemos en perderlos o al menos disimularlos (barriga, arrugas, papada, cartucheras...)





Llevo meses pensando en abandonar esta inocua tarea de escribir para nadie. Si algo me impulsa a seguir haciéndolo es mi propio ego. Es el reflejo que no me da el espejo. Son mis pensamientos recién salidos del "horno." La pura percepción de cada momento de mi vida.



Lo malo es que no le interesa a nadie.

Peor aún, me interesa de sobremanera a mí.

De todas formas, tendría que hacerlo salir de alguna manera. Lo crean o no silentes/ausentes lectores, ésto que me brota de la cabeza hay que echarlo en algún lado, y al fin y al cabo éste no es tan malo.

Adiós a todos, adiós a nadie.


P.D: Que no compadre, que no me voy es que ya he terminao por hoy... no se vaya usté a creer..

martes, 11 de agosto de 2009

Noche de suerte

Katia, vieja amiga, me presta este relato para que descanse este mes de esta absurda rutina que no sigue nadie. Creo que el título lo puse yo, pero la garra es de ella, ahí va:

"“Es mi noche de suerte” pensé irónica conmigo misma.

Ese tío venía hacia mí directamente. A pesar de esa cojera extraña como si tuviese una pierna más larga que la otra, el muy hijo de puta no dejaba de seguirme.
Crucé un par de veces la calle para ver si así lo despistaba, pero sus pasos no dejaban de acosarme. Arrastraba la pierna, la que supuestamente parecía más larga, y con la otra pegaba una especie de brinco, era un sonido inconfundible.

“Si no te hubieras fumado todo lo que te has fumado esta noche puede que no lo estuvieras flipando con un pobre vagabundo” intentaba decirme la poca sensatez que no estaba ahogándose en alcohol y psicotrópicos afines,… qué bien suena, psicotrópicos afines, es hipnótico, creo que aún voy colocada…

Aquel paso extraño estaba más cerca mía y su arrastrar parecía acallar el ruido de los míos.

“Puta negra imbécil” me dije a mi misma “Sólo a ti se te ocurre ir al otro lado de Almería en tacones para cruzar todo el parque de Nicolás Salmerón a las tantas de la madrugada. Al menos ya no hay putas que te miren como si vinieras a quitarles el trabajo.”

La culpa es de Sergio. Bajaría a la puerta del averno a tocar para salir corriendo si él me lo pidiera. En tanga. Si me lo pidiera. El problema es que Sergio no me ve así. Nunca he tenido mucha iniciativa con los chicos, puede ser porque en mi Níger natal nos castren para que no seamos capaz de alcanzar el orgasmo a los catorce, pero, ironías aparte, mi metro ochenta y mis pechos de la cien parecen pasarle desapercibidos al único hombre que merece ese sustantivo de la hache a la e.

“Vente a casa de mis abuelos esta noche, lo pasaremos bien” fue lo único que tuvo que decirme. La diferencia es que mientras que yo pensé en mis adentros en un encuentro romántico, él había invitado a una familia gitana vecina de sus abuelos que amenizaron una noche llena de palmas, alcohol, porros, pero vacía completamente de algo relacionado con lo que me había hecho a la idea. Menos mal que soy la reina de la adaptación. A fuerza de hostias he aprendido que cuanto antes encuentres un huequecito en el que no molestes, antes te empezarán a ir bien las cosas.
Así fue, Sergio terminó cantándome al oído pero había demasiada gente como para que de aquello hubiera podido surgir algo. Sé cuando retirarme a tiempo. No me gusta hacerme la pesada o sentir que estorbo, es algo que no soporto…
Para mí que el cojo de mierda ése está más cerca…
Pasé delante de una gran cristalera, apagada a esas horas, y no había llegado ni a la mitad de la misma cuando ya ví sus pasos tras los míos. Él supo enseguida que lo buscaba en el reflejo y apretó un poco el paso quedando su renqueo a metro y medio de mí.

"Veamos cuanto pueden correr esas patitas" pensé apretando el paso. El repiqueteo de mis tacones anunciaba que alguien iba realmente con prisa. Y no había nadie. Ni una parejita recogiéndose. Ni un borracho pasando. Ni siquiera había algún guarro meando tras los contenedores. Mucho menos policía o algo similar. Sólo el puto cojo raro y yo, cada vez más asustada..."

Yo también me quedé de piedra cuando Katia me dijo que ése es el final de su relato "Noche de suerte" del que por cierto admite que el título es invención mía, pero claro,viendo su primer renglón mi originalidad ha quedado a la altura del betún (no va con segundas Katia).

Feliz verano a los que no tengáis nada que lamentar y un profundo pésame a los demás que las penas duelen más si el tiempo no acompaña.

¡Salud, y bebed buen vino!

Paco Paila

martes, 28 de julio de 2009

Cazador cazado

No voy a hablar de ministros,
aunque otrora ya los pusiera del color de las hojas.

Vengo hoy a hablaros con dificultad inusitada,
de un amigo que publica en su blog cosas muy raras:
armas, zombies, vampiros
y un millar de nombres
que no pienso cortar y pegar pues no sé a qué se refieren...

El hechizo de lo oscuro tiñe este elultimocazadordemonstruos.blogspot.com,
a quien tuve el gusto de conocer mientras se transformaba.
Yo asistí a su parto como hijo de la noche, y por raro que suene ésto,
tengo un punto de orgullo en haber estado brindando con este elemento.

Su locuacidad en la web da miedo,
tiene entradas a patadas,
pero sigue pasándome como entonces,
no puedo dejar de leer lo que escribe.
A veces pienso que es porque le puedo poner cara,
otras entiendo que es porque me engancha.

Hoy sólo quería dedicarle unas cortas líneas
sin que sepa que estoy haciéndolo,
pues no sé muy bien si me reconocerá.


Cazador cazado,
no le volveré la espalda más,
y aunque sea por internet le tendré vigilado.


Cazador,
Toñazo,
al menos hay una línea en tu blog
que habla de una Torre Oscura,
que yo seguí hasta su fin.
Espero que esta sea al menos,
una historia que yo pueda contarte,
después de las muchas que me has contado.

Si la ciudad es un pájaro muerto envuelto en celofán,
el ciudadano es ese gusano que disfruta en la podredumbre,
sin ser capaz de ver que hay algo más allá del muro plástico y falso que le rodea.

Oscuro pero cierto.

viernes, 19 de junio de 2009

Verano Visceral

Brazos amputados,
alguien salta por el balcón,
hijos de puta que segan la vida de un verdadero gudari
al que no tuvieron cojones de enfrentarse.
Hay carnaza para rato:
muere una madre infectada
por el virus famoso
tras salvar a su hijo,
huérfano ya...

El verano se presenta visceral,
sangriento,
oscuro,
macilento y pernicioso.

No luce el sol para toda esta gente
y otra más que no mentan mis dedos
por no querer ser como aquel mueble plano
del que estas carnicerías son su diario.

No hay playa ni respeto que consuele las pérdidas relatadas.
No encuentra mi zozobra un muelle al que cernir sus amarres,
que evite que toda esta sangre se derrame.

Mi cabeza piensa,
mi corazón late,
demasiada gente
muere injustamente.


Hoy no quiero escribir más.

miércoles, 6 de mayo de 2009

El mar que nos une

Veo a los que llegan, envueltos en mantas, encogidos, descarnados. De su casa de la media luna al refugio rojo de la cruz. Seres ilegales, repudiados de uno y otro lado del Mediterráneo. Cuando llegué yo no era más que ellos. Había más trabajo pero menos dignidad. Sólo puedo quedarme quieto mirándolos. Se sienten desdichados. ¡Pobres!. No saben que ahora podrían estar conmigo. Otros se creen afortunados. ¡Qué lástima! Ya despertaran de la quimera.

Te conocí como lugar de vida, de encuentro, de esperanza. Por eso decidí quedarme contigo para siempre.

Acudí a tu puerta por vez enésima sin pesarme las que llevo a mis espaldas. Tu grandeza siempre me asola. Tu olor me penetra. Hueles a mar, pescado, café cortado con brandy antes de que despunte el día y miles de cigarros consumidos en la espera.

Nadie dormiría si lo hiciera frente al muelle. Si viera como yo al barco entrar, al niño que gimotea, la grúa trabajando, todo al mismo tiempo. La actividad que fluye dentro de ti también me pertenece ahora, no descansaré nunca.

Fuiste la puerta de mi vida y te elegí como tumba para que mojes mis cenizas. A partir de ahora seré mar, seré quilla, seré timón, vela, dolor, amor y llanto que yacen aquí conmigo, pues ya sólo soy humus en tu fondo.

Un niño arroja piedras y un padre se apresura a regañarle. Mis recuerdos se reflejan en el agua sin que pueda hacer nada por evitarlo.

lunes, 20 de abril de 2009

Melancolía estacional

Ahora que tiene que llegar el buen tiempo
me siento en mi silla de anea
a tomar el fresco cuando se quiere poner el sol
y veo pasar a la gente...



Un chiquillo pasa cabizbajo.
Pueblan su cara los granos
que campan por allí
amargando sinsabores
de las nocturnas poluciones.


Alarga el día y éso le entristece,
pues a estudiar nunca ayudó ver el sol ponerse
sino la noche cerrada,
al menos en su caso,
que es capaz de contemplar durante horas el astro
hasta el cerro de San Cristóbal,
ocultándose tras el Sagrado Corazón
y aún se queda un rato sientiendo el calor
en la madera de su mesa de estudio.


Su mayor pesar al llegar la prima-vera
era que a la suya no había nadie.
Nunca hasta hoy se había fijado
y le duele primorosamente
ver aquellas parejitas de la mano,
besos vedados en los portales
de los que la vista aparta rápido.


Hoy me ha asaltado el chiquillo,
y a falta de mi compadre,
me ha contado mochila al hombro
(y sin querer sentarse)
de esa melancolía que empieza con el buen tiempo,
y brota sin poder evitarlo una sonrisa en el borde de mi labio,
¿cómo puede estar melancólico un chaval de trece años?
pues lo estaba señores,
y mucho señoras,
y por culpa de las faldas,
o de haber reparado en su ausencia.

¿Qué puedo decirte, niño?
Que tus penas te las quiten los juegos,
y esa risa sincera parida desde el alma
que tienes con tus amigos,
que hoy sientes como parte de tus entrañas.
No pierdas tiempo viendo lo que otros tienen
sino el oro que yace entre tus dedos.
Tienes la potencia de hacer lo que quieras,
dentro de un minuto,
de un día
o de un año.
Disfruta pues de este paso de la vida,
que aunque raro y amargo,
es único y breve
como el atardecer que nos acompaña.

Adiós joven, que guarde y aguarde tu alma tranquilo,
que ya te llegaran las faldas con mimo,
y no podrás perder el tiempo en tirarle piedras a las olas.
Aprovecha con calma los instantes,
que nunca volverán a ser tan raudas tus piernas
para huir de las desdichas.

Se giró el muchacho perplejo
y antes de darme la espalda,
me dio las gracias entre dientes,
y siguió su camino como siempre.

Aquí me quedo viendo el sol ponerse,
ya asoma por la esquina el compadre,
si quiere vino espero que esta vez lo pague.

Adiós a todos,
adiós a nadie.

viernes, 27 de marzo de 2009

El hombrecito que se sentía caer

Hay por ahí un pequeño hombre de metro sesenta y poco que pese a su estatura no deja de cuidar su aspecto. Viste siempre, o al menos intenta, ir elegante para dar buena imagen compensando su pequeña desventaja física, aunque algunos como yo no veamos tan baja dicha estatura por conocerlo de años, él se siente más bajo que la media, y eso le condiciona.

En su día a día nuestro hombrecito trabajaba tanto como podía y bien. Como a todos había días en los que parecía que no iba a poder terminar de trabajar y el regreso a casa se le antojaba algo milagroso e inalcanzable.
Su casa era su fortaleza y en ella vivía su reina, una mujercita un poco más baja que él pero sin complejo alguno pues era bella como el mismo sol al atardecer.

Cierto día nuestro pequeño protagonista empezó a sentir una cosa rara: parecía que estaba cayendo sin estar moviéndose en absoluto. Al principio no se daba ni cuenta, pero prestando atención se percató de que esa sensación de vértigo inmóvil se repetía cada vez más y más.
Empezó a pensar que trabajaba demasiado, que no compensaba el esfuerzo de estar tantas horas en la calle, que la vida no era justa, que merecía algo más, que estaba entrando en un estado de estrés preocupante, que tenía que hacer algo para relajarse.
Intentó tomar menos café, fumar menos, beber un poco más siempre que la situación se lo permitiese, descansar aunque fuera un par de minutos cada dos o tres horas para relajarse, pero nada funcionaba. Cada vez que metro-sesenta-y-poco (obvio es que no diré su nombre) se quedaba quieto volvía a tener la sensación de caer al vacío más profundo.

No le contó nada a su reina para no preocuparla, pero ella lista como un lince, notaba que algo le pasaba a su marido y que éste no soltaba prenda:
"Siempre cuentas las cosas a toro pasado y sé que te está pasando algo, cuando quieras vienes y me lo explicas" dijo la hermosa reina.
"Cuando sepa lo que es" arguyó el hombrecito.

Al día siguiente, como siempre, nuestro hombre se emperifolló para ir a la calle bien guapete, no notara la gente que era un poco corto de estatura. Al ir a ponerse los calcetines cogió unos más gruesos pues había refrescado bastante. Echó a andar y se dirigió, como cada día, a su puesto de trabajo.
Era ya mediodía cuando se percató de que en toda la mañana no había vuelto a tener la sensación de caída que venía sufriendo desde hacía semanas.
Al principio no supo a qué atribuirla. Realmente había probado tantas cosas para tranquilizarse que alguna tenía que haber funcionado, o todas ellas juntas. Fuera lo que fuese con el transcurso del día nuestro protagonista de estatura media-baja se animó, trabajó arduo y llegó a casa feliz como al que han quitado un dolor de muelas. Su mujer esperaba que le contara que le pasaba y éste de feliz que estaba no paró hasta que consiguió besarla y hacerla suya para compartir ese momento de felicidad y olvidar aquellos días nefastos.

Pasó el tiempo y la sensación había desaparecido por completo.

Cierto día, nuestro protagonista volvió a sufrir su extraño ataque de vértigo inmóvil. Fue justo al salir de su casa por la mañana, recién arreglado. Se quedó paralizado en mitad del pasillo que conducía al ascensor pensando qué podía haber hecho en tan corto espacio de tiempo para sentir ya esa sensación que sin duda no podía ser si no del estado de febril estrés en el que se ve que vivía desde hacía tiempo y que le había hecho mella en sus carnes. Rondaba por su cabeza las preocupaciones que rondan por las de todos: familia, trabajos, hijos, dinero, salud, ...
Entró en el ascensor y se miró en el espejo. Dormía bien. Comía bien. Trabajaba honradamente. Amaba con locura a su familia. ¿Qué le estaba ocurriendo? Al bajar el ascensor volvió a sentir el vértigo y se quedó atónito al ver lo que le pasaba.

¡Ay! ¡pobre amigo mío!
Vino dando saltos de alegría a la taberna de mi compadre a contarnos a todos lo que le había estado pasando:
Se había comprado unos zapatos de última moda que le quedaban un poco grandes, pues lo escaso de su talla se hacía aún más patente en sus pies de los que raramente encontraba talla en comercios grandes o pequeños. El caso es que le gustaron tanto los zapatos que se los llevó aunque le quedaran holgueros. Como era tan presumido usaba unos calcetines de tela fina, algodón egipcio, que resbalaban con sus pies precipitándolos al final de sus zapatos.
La sensación de caída vertiginosa que tenía nuestro hombre no era sino por llevar zapatos grandes.
Allí mismo en la cantina con un par de servilletas le hice el remedio que nos hacían nuestras madres de meterle algo en la puntera para que el niño no volviera a caerse.

Todos los días me saluda cuando pasa por aquí delante, y si lleva puestos los zapatos los señala y se lleva los dedos índice y corazón a la boca besándolos en un "chapeau!" mudo que aún me hace reír.

Ojalá todos nos cayeramos un poco dentro de nuestros zapatos para poder ver que nuestra vida puede ser maravillosa, y ya lo es.